Escena ideal, mil veces imaginada:
Recibo un mensaje suyo proponiendo un nuevo encuentro y yo, mujer fría como el hielo y sin que me tiemble una pestaña, contesto: "No voy a acostarme más contigo" (aclaración: yo he decidido terminar esta historia, pero él no lo sabe todavía). Entonces él borra mi teléfono de su móvil y me elimina del messenger, yo me deprimo durante un par de meses (quien dice dos dice tres, que las dependencias emocionales son difíciles de sanar) y resurjo renovada y dispuesta a usar los condones que me dejó, que no son de la marca que me gusta pero bueno, a disfrutarlos. Porque yo lo valgo. Fin de la historia.
Punto final.
Escena real:
Recibo un mensaje suyo. A mi pesar me pongo de los nervios y mientras me paseo por toda la casa sopeso la mejor decisión a tomar. Por un lado me apetece mucho verlo, pero por otro es dar un paso atrás bastante grande, con lo que ya tengo ganado. Como ayuda intento recordar sus comentarios machistas, o sus desapariciones entre polvo y polvo. Pero por fortuna las circunstancias me acompañan, y con un poco de indiferencia por mi parte y un poco de incongruencia por la suya las cosas se quedan como estaban. Me como la moral un rato pensando si debería haberle contestado esto o aquello, y sigo siendo poseedora de varios condones que casi con total seguridad se me caducarán. Fin de la historia.
Sé que debería haberle dado carpetazo al asunto, terminarlo de una vez por todas, decirle lo que me había propuesto decir. He dejado abierta la puerta a otra posibilidad, y cuando más tranquila esté volverá a aparecer y me hará dudar.
Sigo en puntos suspensivos...

